Cuando pensamos en la palabra hogar, muchas veces lo primero que aparece es un lugar: una casa, una ciudad, un país. Las calles donde crecimos, la mesa donde compartíamos en familia o el olor de una comida que inmediatamente nos lleva a otro momento de la vida.
Y es natural que sea así. Los lugares dejan huella en nosotros, no solo por lo que vivimos en ellos, sino por las personas que nos acompañaron mientras esa historia se iba escribiendo. Hay conversaciones, costumbres y pequeños detalles que, aunque pasen los años, siguen formando parte de quienes somos.
Durante estas semanas he pensado mucho en eso. En Venezuela, en mi familia, en las personas que siguen allí y en quienes, como yo, construyeron su vida en otro lugar sin dejar de sentir que una parte de su corazón continúa habitando aquella tierra. Y mientras observaba todo lo que se movía por dentro, apareció una pregunta que no esperaba: ¿qué es realmente mi hogar?
Al principio pensé en un país. Después comprendí que la respuesta era más profunda: mi hogar también vive dentro de mí. Está en los valores con los que crecí, en la manera en que aprendí a escuchar a otros, en la importancia que le doy a la familia, en la fe que me acompaña cuando no tengo todas las respuestas, en esa forma de mirar la vida que fui aprendiendo, muchas veces sin darme cuenta, mientras veía a las personas que amaba enfrentar sus propios desafíos.
Con el tiempo he descubierto que hay algo que permanece, incluso cuando cambian las circunstancias. Podemos mudarnos, comenzar una nueva etapa, despedirnos de personas importantes o atravesar momentos que nunca imaginamos vivir. Sin embargo, hay una parte de nosotros que sigue siendo un lugar al que podemos volver.
Pienso que eso también sucede en muchas personas que llegan a terapia. A veces sienten que han perdido el rumbo, que la vida cambió demasiado o que aquello que antes les daba seguridad ya no está. Y en medio de esa incertidumbre aparece la sensación de haber perdido el piso.
El proceso terapéutico, más que buscar afuera un lugar nuevo donde sostenerse, consiste muchas veces en volver a reconocer aquello que ya vive dentro de uno: los recursos que has construido, los valores que siguen presentes, las experiencias que te fortalecieron y las personas que dejaron una huella que todavía te acompaña.
Yo misma he tenido que regresar a ese lugar en distintos momentos de mi vida. No porque siempre tenga claridad sobre lo que viene, sino porque volver a ese hogar interior me recuerda quién soy cuando las circunstancias cambian. Me ayuda a tomar decisiones con más calma, a confiar un poco más y a recordar que no todo aquello que me sostiene depende de lo que ocurre afuera.
El cuerpo también suele reconocer ese regreso. La respiración cambia, hay menos necesidad de correr para encontrar respuestas, y aparece una sensación distinta, como si por un momento dejarás de buscar un lugar donde pertenecer porque recuerdas que una parte de ese lugar siempre ha estado contigo.
Hoy es un buen momento para hacerte una pregunta sencilla: cuando la vida cambia, ¿a qué lugar dentro de ti vuelves? Tal vez allí encuentres mucho más de lo que imaginabas, porque hay hogares que no pueden perderse, simplemente porque aprendimos a llevarlos con nosotros.
Este contenido nace de una reflexión más amplia que escribí durante las últimas semanas. Si deseas seguir profundizando en este camino, te invito a descargar «Mi hogar, mi piso, mi esencia», un libro para detenerte, respirar y volver a ese lugar interior que permanece cuando todo alrededor cambia.
Si sientes que este tema resuena contigo, puedes descargarlo aquí y recorrerlo a tu propio ritmo.
Terapia Gestalt e Inteligencia Espiritual