Hay momentos en los que uno se da cuenta de cuánto esfuerzo ha puesto en intentar llegar a una versión ideal de sí mismo. Una versión más segura, más tranquila, más clara, más capaz de manejar todo lo que la vida pone delante. Y aunque esa búsqueda puede tener algo valioso, también puede hacer que pases mucho tiempo mirando hacia lo que te falta, en lugar de reconocer a la persona que ya eres.
Con el tiempo, muchas personas terminan acostumbrándose a esa sensación de estar siempre en camino hacia otra parte, como si la tranquilidad estuviera reservada para el momento en que finalmente logren resolver ciertas dudas, superar ciertas dificultades o convertirse en alguien diferente. Mientras tanto, la vida sigue ocurriendo y ellas siguen sintiendo que todavía no han llegado.
Yo misma he tenido que mirar eso en distintos momentos de mi vida: darme cuenta de cuántas veces me relacionaba conmigo desde lo que necesitaba corregir, mejorar o cambiar, y descubrir que algunas de las experiencias de mayor calma no llegaron cuando logré algo importante, sino cuando pude detenerme y escucharme con más honestidad.
Hay una tranquilidad muy particular cuando dejamos de perseguir una imagen ideal de quienes creemos que deberíamos ser y empezamos a encontrarnos con quienes somos realmente: con nuestras fortalezas, nuestras dudas, nuestros aciertos y también con aquellas partes de nosotros que todavía están aprendiendo y creciendo.
El cuerpo suele notar ese cambio. Hay menos tensión en la necesidad de demostrar, menos prisa por llegar a algún lugar, menos lucha con lo que todavía no está resuelto. No porque desaparezcan los problemas o las preguntas, sino porque dejamos de vivir en una comparación constante con una versión imaginaria de nosotros mismos.
Con los años he aprendido a reconocerme una y otra vez: a escucharme cuando algo duele, a dar espacio a lo que necesita tiempo, a acompañarme con un poco más de suavidad en los momentos de cambio. No siempre resulta fácil, pero sí profundamente distinto a vivir intentando convertirme en alguien más.
En terapia, y también en mi propio camino, acompaño precisamente ese movimiento: el de volver a encontrarte contigo después de mucho tiempo mirando únicamente lo que falta, el de reconocer lo que ya está, lo que ya has recorrido y también aquello que sigue en proceso. Porque una parte importante del camino no consiste en llegar a ser alguien diferente, sino en aprender a habitar con más honestidad y cuidado a la persona que eres hoy.
Si esta reflexión resonó contigo…
«Mi hogar, mi piso, mi esencia» nació precisamente de esa búsqueda: reconocer qué permanece cuando la vida se mueve y cómo volver a ese lugar interior que nos sostiene.
Es un libro tejido de preguntas, recuerdos, silencios y reflexiones que escribí durante estas semanas.
Puedes descargarlo aquí y recorrerlo a tu propio ritmo.
Terapia Gestalt e Inteligencia Espiritual