Hay momentos en los que la vida parece seguir el rumbo de siempre. Tenemos planes, hacemos proyectos, sostenemos nuestras rutinas y creemos saber, más o menos, cómo serán los próximos días.
Y entonces algo ocurre.
A veces es una llamada inesperada. Otras veces una despedida, un cambio de trabajo, una enfermedad, una noticia que nos preocupa o una conversación que cambia la manera en que mirábamos una situación. No importa cuál sea el motivo; hay experiencias que tienen la capacidad de mover el piso sobre el que creíamos estar.
Cuando eso sucede, es natural que aparezca la incertidumbre. La mente quiere entender qué está pasando, cuánto va a durar, cómo resolverlo y, sobre todo, cómo volver rápidamente a la tranquilidad de antes. Buscamos respuestas, hacemos preguntas y tratamos de recuperar la sensación de control.
Sin embargo, hay movimientos que no vienen para ser resueltos de inmediato, sino para ser atravesados.
Con los años he aprendido a reconocer algo que se repite cada vez que la vida me sorprende: antes de que aparezcan las respuestas, aparece el cuerpo. El pecho se aprieta, la respiración cambia, el sueño se altera o siento esa inquietud que cuesta explicar con palabras, como si el cuerpo hubiera entendido antes que yo que algo importante está ocurriendo.
Durante mucho tiempo pensé que la tarea consistía en volver cuanto antes a la normalidad. Hoy lo miro de otra manera.
Hay cambios que llegan para despertarnos. No porque sean fáciles ni porque dejen de doler, sino porque nos invitan a mirar aquello que quizás llevábamos tiempo dejando para después: una conversación pendiente, una decisión que no terminamos de tomar, una forma de vivir que ya no nos hacía bien, una parte de nosotros que necesitaba ser escuchada.
Eso no significa que todo lo que ocurre tenga una explicación inmediata. Hay experiencias que necesitan tiempo para mostrar lo que vienen a transformar.
También he descubierto que, cuando el piso se mueve, solemos intentar sostener con más fuerza aquello que conocemos. Nos aferramos a certezas, a planes o a maneras de hacer las cosas que antes nos daban seguridad. Y aunque esa reacción es profundamente humana, a veces también nos impide ver que la vida está abriendo espacio para algo nuevo.
No siempre resulta fácil confiar en ese proceso. A mí también me ha costado. Hay momentos en los que quisiera entenderlo todo antes de dar el siguiente paso. Sin embargo, algunas de las experiencias que más me han transformado comenzaron precisamente así: con algo moviéndose, con una certeza que dejó de ser suficiente y con una invitación a mirar mi vida desde otro lugar.
Hoy sientes quizás que algo en tu vida se está moviendo. Tal vez todavía no sepas hacia dónde te lleva ese cambio, y eso también está bien. No todas las respuestas llegan al mismo tiempo; a veces, el primer paso consiste simplemente en reconocer que el piso se movió, y darte permiso para caminar con calma mientras vuelves a encontrar tu equilibrio.
Si esta reflexión resonó contigo, quizás disfrutes seguir caminando este recorrido en Mi hogar, mi piso, mi esencia. Es un pequeño libro que escribí durante estas semanas, mientras me detenía a mirar aquello que permanece cuando la vida se mueve. Ojalá también pueda acompañarte.
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Terapia Gestalt e Inteligencia Espiritual