Hay una pregunta que aparece con frecuencia cuando atravesamos un proceso de cambio:
¿Por qué siento que voy tan lento?
La hacemos cuando vemos que otros parecen avanzar con más facilidad, cuando alguien ya tomó una decisión que nosotros seguimos pensando, cuando sentimos que todavía estamos intentando comprender algo que otros parecen haber resuelto hace tiempo. Sin darnos cuenta, empezamos a medir nuestro camino con el reloj de los demás, y casi siempre salimos perdiendo.
Vivimos en una cultura que valora la rapidez. Todo parece tener que ocurrir pronto: recuperarse pronto, entender pronto, soltar pronto, empezar de nuevo pronto. Pero el mundo interior no suele funcionar de esa manera. Hay procesos que necesitan tiempo, no porque estemos haciendo algo mal, sino porque hay experiencias que no solo necesitan ser comprendidas: también necesitan ser vividas, sentidas e integradas.
Con los años he aprendido que algunas de las transformaciones más profundas de mi vida fueron también las más lentas. No llegaron como una gran revelación. Llegaron después de muchas conversaciones, de muchos silencios, de volver una y otra vez sobre las mismas preguntas hasta que, un día, algo dentro de mí dejó de resistirse y comenzó a comprender desde otro lugar.
El cuerpo conoce ese ritmo mucho mejor que la mente. La mente quiere resultados; el cuerpo necesita experiencia. Por eso hay aprendizajes que no aparecen cuando los entendemos, sino cuando empezamos a vivirlos de una forma distinta.
Ya sabes, tal vez, que necesitas descansar más, poner un límite o dejar de exigirte tanto. Pero una parte de ti todavía está aprendiendo cómo hacerlo sin sentir culpa, sin miedo o sin la necesidad de justificarse. Y eso también forma parte del proceso.
Muchas personas llegan a terapia pensando que deberían haber resuelto ciertas cosas hace años. Se preguntan por qué siguen sintiendo tristeza, inseguridad o dificultad para tomar algunas decisiones, como si el tiempo, por sí solo, tuviera que producir el cambio. Sin embargo, no es el paso del tiempo lo que transforma; es la manera en que vamos habitando lo que vivimos.
Yo también he tenido momentos en los que hubiera querido avanzar más rápido, entender antes, sentirme distinta antes. Pero hoy agradezco que algunos procesos hayan tenido el tiempo que necesitaban, porque fueron precisamente esos tiempos los que me permitieron construir cambios más sólidos, más conscientes y más respetuosos con quien yo era en cada etapa.
En consulta, acompaño a muchas personas a reconciliarse con su propio ritmo. No para resignarse a quedarse donde están, sino para dejar de pelear con el tiempo que su proceso necesita. Porque cuando dejamos de compararnos, aparece algo muy valioso: la posibilidad de escuchar lo que realmente está ocurriendo dentro de nosotros. Y desde ahí, el camino deja de sentirse como una carrera. Empieza a sentirse como una vida.
Hoy sientes que avanzas más despacio de lo que quisieras. Antes de pensar que vas tarde, haz una pausa y recuerda que las raíces también crecen lentamente, y son ellas las que terminan sosteniendo al árbol cuando llegan los días de viento.
Tu proceso no necesita más velocidad. Solo necesita que confíes un poco más en el ritmo con el que la vida también te está transformando.
Si esta reflexión resonó contigo…
«Mi hogar, mi piso, mi esencia» nació precisamente de esa búsqueda: reconocer qué permanece cuando la vida se mueve y cómo volver a ese lugar interior que nos sostiene.
Es un libro tejido de preguntas, recuerdos, silencios y reflexiones que escribí durante estas semanas.
Puedes descargarlo aquí y recorrerlo a tu propio ritmo.
Terapia Gestalt e Inteligencia Espiritual